LA VIDA EN COMPLETO SILENCIO


Un ciego lleva un perro guía y un paralítico va en silla de ruedas… ¿pero un sordo? La sordera es invisible, no se percibe a simple vista. Pasa tan inadvertida, que de hecho pocas personas se preguntan por qué la lengua de signos ni siquiera es oficial, como el castellano o el catalán.

Dicen que son antipáticos. Que sólo tratan con los de su grupo. Que no se relacionan. Lo dicen -por cierto- de oídas, porque la mayoría de las personas de la calle reconocen que no tienen relación con ningún sordo. Bueno, en realidad sí, pero no lo saben. En España hay casi 1.200.000 personas con problemas auditivos de diversos grados. Nos los cruzamos todos los días, pero no es como con las sillas de ruedas: la sordera no se ve.

Pero las personas sordas sí que lo ven. Son conscientes de su incapacidad auditiva y también de que el mundo está preparado sólo para los oyentes. Ellos pueden (y deben) hacer una vida normal, pero necesitan un mínimo de acondicionamiento. Llevan años pidiendo adaptaciones que terminen con las barreras de comunicación, pero a día de hoy todavía no son suficientes.

Su vida a veces es difícil o incómoda. En alguno países, las instituciones han ayudado a las comunidades sordas para superar las barreras de comunicación. En otros sitios, sin embargo, los problemas siguen pesando demasiado. En Estados Unidos, por ejemplo, hay un grupo que incluso está construyendo una ciudad completamente nueva basada únicamente en el lenguaje de signos.

Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma

"Históricamente, la calidad de vida de las personas sordas es mala. Ha mejorado, sí, pero no es perfecta porque sigue habiendo barreras de comunicación". Así se expresan las manos de Carmen Cerezales, coordinadora de políticas sectoriales de la Confederación Estatal de Personas Sordas (CNSE).

Las ciudades actuales están basadas en sonidos: las conversaciones de la gente, los claxon de los coches, las obras de teatro, la música de los bares en fin de semana… En un mundo ideal, todas las actividades sociales tendrían su traducción a signos para los sordos. Pero casi nunca es así.

En Estados Unidos se ha ido más lejos y se está proyectando construir una ciudad basada en signos : su nombre es Laurent. La idea fue de Marvin Miller, un sordo que -como dice en su carta de presentación-, quiere ser capaz de "sentarse en un banco y poder tener una conversación con quienquiera que se cruce".

Laurent estará ubicada en el estado de Dakota del Sur y ha revolucionado a la comunidad sorda de este país. Marvin lo tiene claro: "La sordera no es una invalidez . Es la sociedad exclusivamente oral la que, de forma inadvertida, nos está invalidando".

Laurent será, ante todo, una ciudad basada en la lengua de signos Las señales de la calle, los edificios, las escuelas… Todo estará pensado para que las personas signantes (sordas o no) puedan llevar una vida normal. Eso quiere decir que tanto residentes como trabajadores sabrán utilizar el lenguaje de signos.

Se acabó, como dice Marvin, el luchar para entender y ser entendido.

Hello en inglés, salut en francés… ¿y en lengua de signos?

Si nos encontramos a un guiri por la playa de Benidorm, o llega un Erasmus nuevo a la facultad, con más o menos gracia la gente puede defenderse: Jelou, mai neim is… Aunque sea de oídas, las frases suenan.

Pero con los signos no es así. Fuera de los círculos de la comunidad sorda, el lenguaje de signos (LSE, en su versión española) es el gran desconocido. Y sin embargo, es la lengua de muchas personas sordas. Una forma de expresión que, como describe el famoso lingüista José Antonio Millán , "es uno de los sistemas de comunicación más apasionantes que se puedan encontrar".

Un idioma tan rico que, sin embargo, no es oficial. El catalán, el euskera, el gallego y el castellano se consideran lenguas de España. Pero el LSE no. Y eso que se calcula que en nuestro país hay unos 400.000 usuarios de esta lengua.

Desde hace dos años, el anteproyecto para hacer oficial la LSE está en manos de una comisión parlamentaria. "Reconocer la existencia de la lengua de signos garantizará que la comunidad sorda va a estar en un plano de igualdad a la hora de luchar por sus derechos ciudadanos", afirma Marisol Pérez Dominguez, portavoz de Asuntos Sociales del GS en el congreso.

85 por ciento de analfabetismo


La tasa media de analfabetismo en España ronda el 2 % (INE, 1991). En la comunidad sorda, la cifra es seis veces mayor. Y si se cuentan los analfabetos funcionales -los que sólo saben leer y escribir, y con dificultades-, entonces hablamos ya de un 80 %.

Durante años, los centros educativos han intentado enseñar a los niños sordos a hablar. Ahora, sin embargo, la tendencia se dirige más hacia el bilingüismo . "A los que tienen restos auditivos procuramos entrenarlos fundamentalmente en el lenguaje oral, pero eso no quita para que el uso de la lengua de signos sea de gran ayuda", afirma Carlos María Vázquez, jefe de la sección de educación especial de la Consejería de Educación andaluza.

El entrenamiento en la lengua oral está bien, siempre y cuando no se descuide el vehículo de comunicación que mejor se adapta a sus necesidades: los signos. Si no es así, el alumno puede retrasarse y caer en el temido fracaso escolar.

Y es que los números hablan por sí mismos de los fallos de la ya casi abandonada política educativa oralista. Según el INE, poco más de 25.000 personas con deficiencias en el oído -de varios grados- tiene titulación superior. Y en Cataluña, por ejemplo, tan sólo el 1 por ciento llega a ingresar la universidad.

El despertador también es una barrera

Un día cualquiera está plagado de dificultades. Son las siete de la mañana y suena un despertador… ¿suena? Para un sordo no, o al menos no lo suficiente como para sacarlo del sueño. Menos mal que alguien cayó en la cuenta, y se inventaron los despertadores con señales luminosas y vibraciones.

Supongamos ahora que la misma persona va al trabajo en metro. De repente, el tren entero desaloja. ¿Aviso de bomba? No, en realidad es sólo una avería que exige esperar al siguiente tren. Pero eso el sordo no lo sabe. Con una pantalla informativa en el vagón hubiera sido suficiente. Pero el caso es que no la hay y que la persona sorda ha podido pasar un rato bastante angustioso.
"Las 24 horas del día tenemos problemas", reconoce Carmen Cerezales.

Reconocimiento institucional y, sobre todo, social


La iniciativa de la ciudad de Laurent ha levantado tantas críticas como alabanzas. Algunas voces dicen que construir una ciudad basada en los signos les apartará todavía más del resto de la sociedad.

Además, se dice, no tiene sentido reforzar una comunidad que -en teoría- irá a menos, ya que en los últimos años la gente con problemas auditivos graves ha podido adaptarse al mundo oral gracias a los implantes cocleares (una tecnología que transforma las señales acústicas en eléctricas y que "aprovecha" en gran media los restos auditivos de las personas sordas profundas o totales).

Pero el debate de qué significa ser sordo va mucho más allá que la ciencia. Como dice la Organización Europea de Sordos , la tecnología coclear es una posibilidad pero no puede imponerse a todos los sordos como una obligación . Afirman que la sorda es una cultura basada en lo visual y que es tan válida como cualquier otra.

Prueba de este sentimiento es el fundador de Laurent, Marvin, que respondía así a esta cuestión en una entrevista al New York Times: "Para mí ser sordo no es una minusvalía. Estoy orgulloso de ser sordo. Es como si a un negro o a un asiático le propones tomar una pastilla para volverse blanco".

Además, está el hecho de que no todas las personas sordas pueden recibir un implante coclear, con lo que el problema permanece. La comunidad sorda -en España y en todas partes- pide, por lo tanto, que les reconozcan los mismos derechos que a las personas oyentes: una lengua oficial, un sistema educativo comprometido y presencia social en las instituciones.

En el Senado no hubo intérpretes de signos hasta el año pasado. Y algunas televisiones, por ejemplo, todavía no han incorporado el sistema de subtítulos. En realidad no hay que cambiar nada. Tan sólo decir lo mismo, pero en otras palabras .


Un artículo de Sheila Grandío

FUENTE: http://www.minusval2000.com (06/09/2005)

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