VOCES CAUTIVADORAS

Aunque nunca había conocido a ningún Sordo (luego explico lo de la mayúscula), andaba desde hace tiempo fascinada por el tema. Tal vez porque siempre pensé que la privación de lenguaje es la mayor de las calamidades que pueden sucederle a un humano. Si asumimos que no adquirir una buena capacidad lingüística equivale a no adquirir una buena capacidad de pensamiento, comprenderemos la desprotección en que esas personas se encontrarían si tuvieran que adaptarse al lenguaje de los oyentes. Durante siglos, les fueron negados derechos fundamentales. Si situación no mejoró hasta el XVIII, cuando los filósofos de la época se sintieron seducidos por las incógnitas que plantea un ser humano aparentemente carente de lenguaje.

El mismo Desloges, autor del primer libro escrito por un sordo y hombre de gran talento, cuenta que apenas podía concebir ideas ni elaborar discurso lógico hasta que accedió al lenguaje de signos. Allí donde se ha prohibido o ignorado el lenguaje de signos, imponiendo el oralismo, se ha dado un retraso espectacular del desarrollo de las capacidades de los niños sordos, lo que demuestra una vez más que la verdadera desgracia no es la sordera, fácilmente convertible en riqueza como veremos a continuación, sino la estupidez y la intolerancia (tan parecidas que acaso sean lo mismo).

Oliver Sacks explica en Seeing voices el asombro que experimentó al penetrar en el recinto de la universidad para sordos de Gallaudet (Whashington): manos que volaban en todas direcciones, cientos de conversaciones silenciosas que se desarrollaban simultáneamente de forma independiente, clases de filosofía y de química, conciertos corales y recitales de poesía, todo ello por signos. Él mismo reconoce que tuvo que ver todo eso personalmente para trascender el punto de vista estrictamente médico (que consideraba la sordera como una deficiencia que tratar), y vio por primera vez a los sordos como miembros de una comunidad con un lenguaje y una cultura propios y completos en sí mismos.

Por ello me alegró saber, recientemente, que tenían lugar en Barcelona las II Jornadas de Educación Bilingüe para el Niño Sordo, dedicadas a reivindicar el uso del lenguaje de signos como primera lengua. A raíz de este evento, hablé con Conxita Leal, presidenta de la Asociación de Padres de Niños Sordos de Catalunya, y supe que existen escuelas (como Tres Pins, en Montjüic) que imparten educación bilingüe desde el inicio de la escolarización y fomentan la concentración de niños sordos en una misma clase con el fin de que éstos tengan interlocutores para comunicarse en su lengua. Leal, que es madre de una niña sorda, habla con entusiasmo de cómo se pasa a vivir el tema con angustia a vivirlo como una aventura enriquecedora. Me doy cuenta de que el mismo proceso es común al resto de las familias que viven su introducción en el mundo de los signos como algo fascinante. Lo es. Verán por qué.

Existe cierta tendencia a ver el lenguaje de signos como un medio de comunicación rudimentario y pantomímico. Nada más lejos: es un lenguaje estimulante, tremendamente expresivo, capaz de generar un número infinito de proposiciones, de expresar formas complejas de humor, de abordar temas concretos o abstractos con la misma economía, eficacia y gramaticalidad que el habla.

Pero ha más. Otro lenguaje significa también otro modo de ver la realidad, otro cerebro. No hay, pues, minusvalía, sino otro mundo que no puede más que enriquecer al que tenga la suerte de acercarse a él por necesidad o por curiosidad. Funciona con un código distinto al nuestro, y su aprendizaje (áreas normalmente destinadas a funciones auditivas se especializan en funciones visuales, prueba de la capacidad del sistema nervioso para adaptarse a una forma sensorial distinta).

Todo ello nos hace preguntarnos si no nos estamos perdiendo algo grande. Es decir, un lenguaje cuyas complejas pautas espaciales resultan abrumadoras para nuestro cerebro de oyentes; un lenguaje, como explica Sacks, de cuatro dimensiones y múltiples niveles; un lenguaje que permite a un niño de cuatro meses efectuar el signo de leche, mientras que uno que oye no puede hacer más que llorar y mirar a su alrededor.

Y ahora explico lo de la mayúscula. A veces sucede que hijos oyentes de padres sordos tienen el lenguaje de signos como primera lengua. Ese es el caso de Henry Klopping, director de la Escuela de Sordos de California. Refiriéndose a él, un antiguo alumno suyo le dijo a Sacks en Gallaudet: "Aunque pueda oír, es Sordo". Sordo con mayúsculas. (Ellos hacen esta distinción, dejando la palabra sordo, con minúsculas, para referirse a la deficiencia auditiva). Pues bien. Los sábados en el centro cívico del Pati Llimona, se imparten cursos de lenguaje de signos para el caso contrario de Klopping, es decir para familias de niños sordos. Gente que desea ser Sorda, adultos cuyo cerebro ya no posee la flexibilidad de la infancia. Es impresionante ver a madres y padres, pero especialmente a abuelos y abuelas, aprendiendo un idioma nuevo motivados por el objetivo de hablar con una sola persona. Es emocionante ver a niños que algún día recordarán que alguien aprendió un lenguaje entero sólo para hablar con ellos.

(Este artículo fue escrito por IMMA MONSÓ y publicado en el periódico EL PAÍS, el día viernes 5 de junio de 1998 en su página 24 Edición Cataluña)

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